Daniel Méndez

Daniel Méndez

04-11-2022

10:06

Delibes decía que hay 2 formas de madurar: aprendiendo a ser conscientes instantáneos de nuestra felicidad o aprendiendo a saber qué es lo que nos puede hacer infelices. Solemos escoger la segunda, porque tenemos más miedo al dolor que amor a la alegría. Hablemos de felicidad 👇

Esto nos lleva a que, conforme nos vamos haciendo mayores, nos convirtamos en máquinas juiciosas y sensatas de recordar o de proyectar, más pendientes de aquello que hicimos o de lo que haremos, que de lo que podemos hacer ahora.

Y no, no hablo de meditación, ni de mindfulness, tendencias todas ellas que, en la mayoría de los casos tienen a crear estructuras emocionales que culpan a la persona y no al sistema de todos nuestros males, no.

Hoy más que nunca vivimos presos de una tendencia que es casi una forma de concebir la vida: recurrimos constantemente al recuerdo para dar alegría y sentido al hoy. La pandemia y las redes sociales actuaron de catalizador de este fenómeno

Esa "manía" nos lleva a volver a buscar esos recuerdos, muchas veces sobrevalorados o enriquecidos por la nostalgia, en el futuro. Y a buscarlos, sino idénticos, muy similares (algo muy común en las relaciones amorosas).

"El crepúsculo de la desaparición lo baña todo con la magia de la nostalgia" escribió Kundera, pero esa nostalgia está dejando de funcionar como cura y anestesia progresiva y se está empezando a convertir en una red de araña de la que no sabemos ni queremos escapar.

Extrañamos, melancólicos, el pasado. Proyectamos, ansiosos, el mañana. El hoy, secuestrado por la prisa y la inmediatez, se ha vuelto un fastidio. Insisto que la pandemia y la soledad consustancial a ella, nos han mostrado esto de forma cristalina.

Sampedro decía que uno de los pocos espacios de libertad que ha dejado el capitalismo al ser humano es su concepto de la felicidad. Una idea profundamente personal que debemos defender a capa y espada.

Hoy en día, ese último reducto de libertad, de autenticidad, está siendo profundamente atacado por la sociedad de consumo. Vivimos en un estado narcótico, propiciado por la espuma de los días y el estrés.

Creamos escenarios idílicos para que “la felicidad” llegue de forma rápida e instantánea, acotada por las vacaciones u ocasiones especiales, nos adaptamos a, o incluso deseamos, entornos que nos son dados, vendidos, impuestos sutilmente, pero que, realmente, no son nuestros.

Viajes que todo el mundo emprende, planes que todo el mundo hace, experiencias gastronómicas que todo el mundo prueba, películas que todo el mundo ve, celebraciones que todo el mundo festeja, parejas que todo el mundo escogería, canciones que todo el mundo bailaría.

Hoy, todas las ideas de felicidad nos esperan en una tienda, un hashtag, un match o una crítica en tripadvisor.

Pero si me pongo a pensar en los momentos más felices de mi vida, ninguno cumple con esos estándares clásicos que todos conocemos. Fueron chispazos que llegaron de forma absurda, cuando menos me lo esperaba, en lugares que jamás podría imaginar.

Y en cambio, no recuerdo la mayoría de esos hitos vitales en los que se suponía que debía ser más feliz. No recuerdo mi graduación, ni mi 1er beso. Tampoco recuerdo bien la 1ª vez que viajé en avión, ni el día que terminé mi carrera o mi 1er polvo. No me he casado, ni quiero.

Puedo llegar a entender que el momento más feliz de la vida de mucha gente sea su boda o su graduación. Pero creo que esa gente no está siendo sincera consigo misma.

¿De verdad puede ser una boda, estresante, preparada, estandarizada, más feliz que ese, tal vez, estúpido, inesperado y maravilloso momento en el que descubriste que era esa la persona con la que querías estar, sin ningún género de duda?

Uno de los momentos más felices de mi vida ocurrió hace años. Había muerto mi abuelo y de la tristeza inicial, pasamos a cierta alegría mientras lo recordábamos y luego a la risa. Fueron 2 días maravillosos, cálidos. Extrañamente reconfortantes, plenos, sencillos, felices.

Dudo que haya alguien en mi familia, ni una sola persona, que pueda definir ese momento como uno de los más felices de su vida. La felicidad es extraña.

Y en el momento que deje de ser extraña, en el momento en que tengamos que darle constantemente al botón de rebobinado o al de avance o buscarla donde todos la buscan, es que hay algo que va mal. (Atentos a este link)

Hay una frase maravillosa que la afición del Nápoles escribió para los muertos en la tapia del cementerio de la ciudad, tras conseguir su primer título de liga con el mejor Maradona en sus filas: “No sabéis lo que os estáis perdiendo”.

Me encantó la lúcida reflexión que el portero argentino Vivalda hizo sobre aquel pintoresco acto de vandalismo...

“La felicidad puede ser mucha o ser poca, escandalosa o calmada. Eso, en realidad, no importa. Lo único que importa es que sea nuestra, inimitable, incomparable. El día que deje de serlo, será mejor dejarlo todo y decir adiós”.

Dudo que Vivalda leyese a Sampedro, lo que sí sé es que se tomó su propia reflexión al pie de la letra y dijo adiós en 1994 arrojándose a un tren en marcha en Mitre (Argentina).

Acuciado por un presente del que no era dueño, con graves problemas económicos y de alcoholismo, abandonado por una mujer que ya no pudo tener más paciencia y con una fuerte depresión.

En su casa, la policía encontró una escueta notita de despedida: “Cada día es una tortura porque soy incapaz de ser dueño de lo más importante, así que lo mejor es irse. Adiós y lo siento”.



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